jueves, 20 de enero de 2011


Textos instructivos con humor.


Un rayo es un final drástico ante una situación que no se tolera más. Cuando un individuo desea que lo parta un rayo, está incentivando a modo de ritual milenario, un fenómeno meteorológico que involucra nubes, descargas eléctricas, tierra y algunas malas palabras. Sucede que el individuo tarde se da cuenta de ésta invocación y cuando finalmente es muerto por un rayo, sus pares tienden a preguntarse "por qué, si era tan bueno..."
Para que a usted no le suceda lo mismo y no nos deje a todos con ese sabor amargo, debe tener en cuenta los siguientes recaudos:

1. Si tiene oportunidad de observar que las hormigas coloradas corren aceleradamente por el jardín, y más aún, si son hormigas negras y luchan por hacer pasar un cascarudo por un orificio ilógico, corra usted también al interior de su casa como sea, y si está tratando de hacerlo a través de la pequeña puertita por donde entra su mascota, insista hasta la estupidez, va por buen camino.
2. Guarde todos los objetos metálicos de su casa, pero ojo, si la tormenta ya está en proceso no lo haga, un rayo puede sorprenderlo abriendo un cajón. En tal caso tírese debajo de una mesa y grite.
3. Pida perdón. Trate de recordar aquella vez que deseó que lo parta un rayo y récele a su Dios. En caso de ateísmo rompa el escepticismo con un martillo (o monaguillo, en su defecto) y repita para esa deidad que "en realidad usted siempre creyó en él" y desarrolle innumerables e imposibles promesas. Si más tarde vive para contarlo encontrará importantes justificaciones para no llevarlas a cabo.
4. Construya un pararrayos usted mismo. Es rápido y fácil, lo vi en Utilísima.

Gary Vazquez


Instrucciones para no morir en una tormenta

Si durante una caminata por la playa lo sorprende una tormenta, aquí le presentamos algunos consejos para intentar no padecerla.
Cuando note los primeros indicios de tormenta, tales como pequeñas gotas acariciando su piel (queremos suponer que esta situación ocurre durante el verano y que no estamos tratando con alguna de esas personas que asisten a la playa ridículamente vestidas con ropa cubritiva), o nubes oscuras y cargadas de refucilos, aléjese del mar como si éste fuera el mismo demonio y corra en dirección opuesta, independientemente de lo que haya en ese rumbo (incluso un campo lleno de espinas o una casa abandonada y ocupada por madres histéricas y rencorosas son lugares mucho más seguros que el aparentemente refrescante mar). Una vez lejos el mar, dese vuelta y si es posible mírelo. Las tormentas sobre el mar son las más espectaculares y usted no debería perdérselas.
Finalmente, mientras está mirando el mar es por completo importante recordarle que por ningún motivo debe regresar a su cercanía, ni siquiera -válgame el cielo- si observara niños levantando los brazos, corriendo hacia usted gritando auxilio o implorándole o prometiéndole cosas a cambio del rescate. Para ellos ya no queda nada. En cambio usted, gracias a que en algún momento leyó esta nota, está a salvo.

Caro Rack





Relación de un personaje con un objeto sin que éste cumpla su función tradicional.


Desde que tengo memoria la caja siempre estuvo en casa. Es de madera y tiene una cerradura. La llave se perdió, debe estar por ahí en algún cajón, pero ya no sirve más, la caja se abre y se cierra cuando quiero. ¿Adentro de la caja? Una multitud. Yo diría unas doscientas personas. Hombres y mujeres, niños y niñas. Algunos son obreros, amas de casa. Otros están de fiesta, usan vestidos o trajes. Los que más llaman mi atención son los artistas, porque cuando abro la caja y entran a escena la multitud se concentra en ellos y son todo uno, un público apilado en gradas imaginarias. Sin embargo así, tan felices y cotidianos como parecen, hay algo sobre lo que no se habla, como una historia implícita que todos ignoran a voluntad como si se justificara con el espectáculo. El hecho es que la caja a veces la abre mi mamá y elige uno, dos o seis de ellos, depende su humor, y nunca vuelven.
Ayer justamente encontré una niña cocida en mi camisa y prendida de un ojal.

Gary Vazquez


La solución está en casa

Después de padecer la humedad en todos sus sombreros, Antonio pensó en dos soluciones:

-no usar más sombreros.
-comprar o conseguir un sombrero impermeable.

La primera opción la descartó enseguida (Antonio sufría de una calvicie pronunciada); pasó entonces a cumplir con la otra solución. Recorrió comercios de señores durante unos 15 minutos por ese pueblo casi sin gente y con dos comercios y medio. Queda claro entonces que nada consiguió y ahí se terminaba el asunto, porque los sombreros en ese pueblo casi sin gente, ya no se usaban y ni siquiera se conservaban (no podía pedirle prestado a un amigo o a un anciano, nadie tenía y mucho menos impermeable, en ese pueblo casi sin gente en donde alguna vez se usaron sombreros todos ellos de fieltro). Queda claro entonces que Antonio no tiene un sombrero impermeable, ni dos, ni tres, no tiene ninguno.
Por eso ahora, si te lo cruzás a Antonio, lo vas a ver sonriente paseando seco y claro con una taza en la cabeza, justo donde la calvicie se hace más pronunciada y se nota poco cuando lo cruzan en ese pueblo casi sin gente con dos comercios y medio.

Caro Rack


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